Las partidas que perdí también me enseñaron a ser campeona
Ajedrez · Aprendizaje · Superación
Las partidas que perdí también me enseñaron a ser campeona
El ajedrez me ha enseñado que equivocarme no significa que todo terminó. A veces, una derrota es la jugada que necesito para aprender, levantarme y seguir avanzando.
Por Alondra Bagatella Avalos
No me gusta perder.
Creo que sería mentira decir que una derrota no me duele. Cuando termino una partida y sé que cometí un error, puedo sentir tristeza, enojo conmigo misma o muchas ganas de regresar el tiempo para mover otra pieza.
A veces pienso: «¿Por qué no vi esa jugada?». Otras veces descubro que jugué demasiado rápido, que no cuidé mi tiempo o que dejé de revisar lo que quería hacer mi rival.
«En el ajedrez, un solo movimiento puede cambiarlo todo».
Pero el reloj no puede retroceder y la pieza que ya moviste no puede regresar a su casilla. La partida continúa, y tienes que aceptar las consecuencias de tu decisión.
Eso es difícil, pero también es una de las cosas más importantes que el ajedrez me ha enseñado.
Cuando estuve cerca, pero no fue suficiente
Una de las experiencias que más recuerdo fue mi primer Campeonato Mundial Escolar de Ajedrez, en Perú, en 2024.
Era mi primer mundial y yo tenía muchas emociones. Estaba feliz de representar a México, pero también sentía nervios porque sabía que jugaría contra niñas muy preparadas de otros países.
Al terminar el torneo quedé en el undécimo lugar mundial por los criterios de desempate. Tenía los mismos puntos que la jugadora que terminó en sexto lugar y estaba solamente a dos puntos de la campeona.
Estuve cerca, pero no llegué al lugar que soñaba.
Cuando vi la clasificación, sentí tristeza. No porque pensara que todo había salido mal, sino porque entendí que algunas decisiones pequeñas dentro de mis partidas habían hecho una diferencia muy grande.
Una jugada apresurada, una oportunidad que no vi o unos minutos mal utilizados podían separar el lugar once del podio.
Puedes pensar: «No pude», o «Todavía no pude».
Yo decidí pensar la segunda.
Me dije que quería regresar más preparada, que quería subir al podio y que quería descubrir hasta dónde podía llegar. Desde entonces comencé a entrenar más, a estudiar mis partidas con mayor atención y a aceptar que también debía trabajar en las cosas que me costaban.
No puedo asegurar que ganaré una competencia. Nadie puede hacerlo. Pero sí puedo decidir cuánto voy a prepararme y qué haré con lo que aprenda.
Una derrota no borra todo lo que hiciste bien
Cuando perdemos, a veces sentimos que toda la partida fue mala.
Yo también lo he sentido.
Sin embargo, al analizarla puedo descubrir que quizá hice una buena apertura, encontré una combinación difícil o defendí una posición durante mucho tiempo. Tal vez el error llegó después, pero eso no borra todos los movimientos que hice correctamente.
También puede pasar lo contrario: ganar una partida no significa que todo se hizo bien. Algunas veces ganas aunque cometiste errores y entonces también debes estudiarlos.
Por eso he aprendido que el resultado no cuenta toda la historia.
El uno o el cero que aparece al final de una partida no dice cuánto miedo superaste, cuánto pensaste, cuántas posibilidades calculaste ni cuánto te esforzaste.
Tampoco dice lo que sentías ese día.
Hay partidas en las que estoy cansada, nerviosa o preocupada por el tiempo. Hay torneos en los que debo levantarme muy temprano, viajar, estudiar, hacer tareas y después sentarme varias horas frente al tablero.
Las personas normalmente ven la fotografía con la medalla. Yo también recuerdo los entrenamientos, las partidas perdidas, las correcciones de mis maestros, los cuadernos dentro de la maleta y las veces que tuve que volver a comenzar.
Por eso cada medalla significa algo diferente para mí.
Mi rival no es mi enemiga
El ajedrez también me ha enseñado a respetar a la persona que está enfrente.
Cuando pierdo, mi rival no me quitó algo que me pertenecía. Ella encontró mejores jugadas durante esa partida.
Claro que quiero ganar. Cuando me siento frente al tablero, intento dar lo mejor de mí. Pero también sé que mi rival entrenó, se esforzó y llegó con sus propios sueños.
Algunas de mis contrincantes son mayores que yo. He jugado contra niñas, niños, jóvenes y adultos. Antes de comenzar una partida puedo notar su edad, su experiencia o su puntuación, pero cuando empieza el juego trato de concentrarme en lo que está pasando sobre las 64 casillas.
«El tablero mide lo mismo para las dos personas».
Comenzamos con las mismas piezas y con el mismo objetivo. Después, nuestras decisiones van construyendo la partida.
Cuando pierdo, felicitar a mi rival no siempre es fácil, especialmente si estoy triste. Pero hacerlo me recuerda que el respeto también forma parte del ajedrez.
A veces una rival puede enseñarte algo que no habías visto. Puede mostrarte una idea nueva, una forma distinta de atacar o una debilidad que debes trabajar.
Por eso pienso que también aprendemos gracias a las personas que nos ganan.
Ser campeona no significa ganar siempre
Durante varios años he participado en torneos locales, nacionales e internacionales. He representado a mi colegio, a Jalisco y a México, y he vivido momentos muy felices.
También he perdido muchas partidas.
Las derrotas no aparecen en las fotografías de los campeonatos, pero son parte de mi historia. Sin ellas no habría aprendido a tener paciencia, a cuidar mi tiempo, a controlar mis emociones ni a reconocer mis errores.
Para mí, ser campeona no significa ganar siempre.
Ser campeona significa regresar al tablero después de una partida difícil.
Significa estudiar una posición aunque duela descubrir que tenías una jugada mejor.
Significa escuchar a tus entrenadores, aunque a veces preferirías olvidar lo que pasó.
Significa aprender a respirar, respetar a tu rival y comprender que una derrota no decide quién eres.
También significa ser humilde cuando ganas, porque el resultado puede cambiar en la siguiente ronda.
El ajedrez me ha enseñado que nunca terminamos de aprender. Incluso los mejores jugadores del mundo se equivocan. La diferencia es lo que hacen después con ese error.
Yo todavía tengo muchísimo por aprender.
La jugada que más me gusta
Mi jugada favorita es la coronación.
Sucede cuando un peón logra atravesar todo el tablero y llega a la última fila. Entonces puede transformarse en una pieza más poderosa, casi siempre en una dama.
Me gusta porque el peón parece una pieza pequeña. Solo avanza una casilla a la vez y no puede regresar. En su camino encuentra obstáculos, tiene que esperar el momento correcto y muchas veces necesita ayuda de las demás piezas.
Pero, si continúa avanzando, puede transformarse.
En mi casa tengo unas piezas de ajedrez enormes talladas en madera que me regaló un artista de Oaxaca. Entre ellas hay una pieza muy especial: un peón coronado como dama.
Es mi favorita porque me recuerda que el lugar en el que comienzas no decide el lugar al que puedes llegar.
«Nadie corona de un solo movimiento».
El peón debe avanzar casilla por casilla.
Creo que los sueños funcionan de una forma parecida. No se cumplen todos en un día. Se construyen con pequeños avances, con esfuerzo, con ayuda y también con equivocaciones.
Algunas casillas son bonitas. Otras son difíciles. A veces debes detenerte, cambiar de plan o encontrar otro camino.
Pero todavía puedes seguir avanzando.
Para quien tenga miedo de equivocarse
A una niña o a un niño que acaba de perder una partida, un examen, una competencia o algo que era muy importante, le diría que está bien sentirse triste.
No tenemos que fingir que perder no duele.
Podemos llorar, respirar, descansar un poco y hablar con alguien que nos quiera. Después, cuando estemos preparados, podemos mirar lo que pasó y buscar una enseñanza.
Una derrota no significa que no tienes talento. Tampoco significa que nunca podrás lograrlo. Solo significa que, esta vez, algo no salió como esperabas.
Quizá necesitas estudiar más. Quizá debes cambiar una estrategia. Tal vez necesitas confiar más en ti, tener paciencia o pedir ayuda.
Yo he aprendido que una partida termina cuando se da jaque mate, cuando alguien abandona o cuando se acuerdan tablas. Pero nuestros sueños no terminan allí.
Al día siguiente podemos colocar nuevamente las piezas.
Podemos volver a empezar.
Hoy tengo once años, muchos sueños y muchas casillas por recorrer. Quiero seguir creciendo como ajedrecista, representar a México, llegar algún día a ser Gran Maestra y ayudar a que más niñas y niños conozcan este deporte.
No sé cuántas partidas ganaré ni cuántas perderé en el camino.
Lo que sí sé es que cada una podrá enseñarme algo.
Porque las partidas que gané me dieron alegría, confianza y recuerdos muy bonitos.
Pero muchas de las partidas que perdí me enseñaron a levantarme.
Y ellas también me están ayudando a ser campeona.
— Alondra Bagatella Avalos
Ajedrecista mexicana de 11 años
Títulos FIDE: AFM · ACM
Clasificada para el título WCM, pendiente de alcanzar 1,800 de ELO FIDE estándar
Redes sociales: @AlondraBagatella